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sábado, 27 de marzo de 2010

ROMEO Y JULIETA /WILLIAM SHAKESPEARE (fragmento)

II. PRÓLOGO [Entra] el CORO




CORO



Ahora yace muerto el viejo amor

y el joven heredero ya aparece.

La bella que causaba tal dolor

al lado de Julieta desmerece.

Romeo ya es amado y es amante:

los ha unido un hechizo en la mirada.

Él es de su enemiga suplicante

y ella roba a ese anzuelo la carnada.

Él no puede jurarle su pasión,

pues en la otra casa es rechazado,

y su amada no tiene la ocasión

de verse en un lugar con su adorado.

Mas el amor encuentros les procura,

templando ese rigor con la dulzura.

[Sale.]



I - Entra ROMEO solo.



ROMEO

¿Cómo sigo adelante, si mi amor está aquí?

Vuelve, triste barro, y busca tu centro.

[Se esconde.]



Entran BENVOLIO y MERCUCIO.



BENVOLIO

¡Romeo! ¡Primo Romeo! ¡Romeo!



MERCUCIO

Este es muy listo, y seguro que se ha ido a dormir.



BENVOLIO

Vino corriendo por aquí y saltó

la tapia de este huerto. Llámale, Mercucio.



MERCUCIO

Haré una invocación.

¡Antojos! ¡Locuelo! ¡Delirios! ¡Prendado!

Aparece en forma de suspiro.

Di un verso y me quedo satisfecho.

Exclama «¡Ay de mí!», rima « amor » con « flor »,

di una bella palabra a la comadre Venus

y ponle un mote al ciego de su hijo,

Cupido el golfillo , cuyo dardo certero

hizo al rey Cofetua amar a la mendiga.

Ni oye, ni bulle, ni se mueve:

el mono se ha muerto; haré un conjuro

Conjúrote por los ojos claros de tu Rosalina,

por su alta frente y su labio carmesí,

su lindo pie, firme pierna, trémulo muslo

y todas las comarcas adyacentes,

que ante nosotros aparezcas en persona.



BENVOLIO

Como te oiga, se enfadará.



MERCUCIO

Imposible. Se enfadaría si yo

hiciese penetrar un espíritu extraño

en el cerco de su amada, dejándolo erecto

hasta que se escurriese y esfumase.

Eso sí le irritaría. Mi invocación

es noble y decente: en nombre de su amada

yo sólo le conjuro que aparezca.



BENVOLIO

Ven, que se ha escondido entre estos árboles, en alianza con la noche melancólica. Ciego es su amor, y lo oscuro, su lugar.



MERCUCIO

Si el amor es ciego, no puede atinar.

Romeo está sentado al pie de una higuera

deseando que su amada fuese el fruto

que las mozas, entre risas, llaman higo.

¡Ah, Romeo, si ella fuese, ah, si fuese

un higo abierto y tú una pera!

Romeo, buenas noches. Me voy a mi camita,

que dormir al raso me da frío.

Ven, ¿nos vamos?



BENVOLIO

Sí, pues es inútil

buscar a quien no quiere ser hallado.



Salen.



ROMEO [adelantándose]

Se ríe de las heridas quien no las ha sufrido.

Pero, alto. ¿Qué luz alumbra esa ventana?

Es el oriente, y Julieta, el sol.

Sal, bello sol, y mata a la luna envidiosa,

que está enferma y pálida de pena

porque tú, que la sirves, eres más hermoso.

Si es tan envidiosa, no seas su sirviente.

Su ropa de vestal es de un verde apagado

que sólo llevan los bobos ¡Tírala!

(Entra JULIETA arriba, en el balcón]



¡Ah, es mi dama, es mi amor!

¡Ojalá lo supiera!

Mueve los labios, mas no habla. No importa:

hablan sus ojos; voy a responderles.

¡Qué presuntuoso! No me habla a mí.

Dos de las estrellas más hermosas del cielo

tenían que ausentarse y han rogado a sus ojos

que brillen en su puesto hasta que vuelvan.

¿Y si ojos se cambiasen con estrellas?

El fulgor de su mejilla les haría avergonzarse,

como la luz del día a una lámpara; y sus ojos

lucirían en el cielo tan brillantes

que, al no haber noche, cantarían las aves.

¡Ved cómo apoya la mejilla en la mano!

¡Ah, quién fuera el guante de esa mano

por tocarle la mejilla!



JULIETA

¡Ay de mí!



ROMEO

Ha hablado. ¡Ah, sigue hablando,

ángel radiante, pues, en tu altura,

a la noche le das tanto esplendor

como el alado mensajero de los cielos

ante los ojos en blanco y extasiados

de mortales que alzan la mirada

cuando cabalga sobre nube perezosa

y surca el seno de los aires!



JULIETA

¡Ah, Romeo, Romeo! ¿Por qué eres Romeo?

Niega a tu padre y rechaza tu nombre,

o, si no, júrame tu amor

y ya nunca seré una Capuleto.



ROMEO

¿La sigo escuchando o le hablo ya?



JULIETA

Mi único enemigo es tu nombre.

Tú eres tú, aunque seas un Montesco.

¿Qué es «Montesco» ? Ni mano, ni pie,

ni brazo, ni cara, ni parte del cuerpo.

¡Ah, ponte otro nombre!

¿Qué tiene un nombre? Lo que llamamos rosa

sería tan fragante con cualquier otro nombre.

Si Romeo no se llamase Romeo,

conservaría su propia perfección

sin ese nombre. Romeo, quítate el nombre

y, a cambio de él, que es parte de ti,

¡tómame entera!



ROMEO

Te tomo la palabra.

Llámame « amor » y volveré a bautizarme:

desde hoy nunca más seré Romeo.



JULIETA

¿Quién eres tú, que te ocultas en la noche

e irrumpes en mis pensamientos?



ROMEO

Con un nombre no sé decirte quién soy.

Mi nombre, santa mía, me es odioso

porque es tu enemigo.

Si estuviera escrito, rompería el papel.



JULIETA

Mis oídos apenas han sorbido cien palabras

de tu boca y ya te conozco por la voz.

¿No eres Romeo, y además Montesco?



ROMEO

No, bella mía, si uno a otro te disgusta.



JULIETA

Dime, ¿cómo has llegado hasta aquí y por qué?

Las tapias de este huerto son muy altas

y, siendo quien eres, el lugar será tu muerte

si alguno de los míos te descubre.



ROMEO

Con las alas del amor salté la tapia,

pues para el amor no hay barrera de piedra,

y, como el amor lo que puede siempre intenta,

los tuyos nada pueden contra mí.



JULIETA

Si te ven, te matarán.



ROMEO

¡Ah! Más peligro hay en tus ojos

que en veinte espadas suyas. Mírame con dulzura

y quedo a salvo de su hostilidad.



JULIETA

Por nada del mundo quisiera que te viesen.



ROMEO

Me oculta el manto de la noche

y, si no me quieres, que me encuentren:

mejor que mi vida acabe por su odio

que ver cómo se arrastra sin tu amor.



JULIETA

¿Quién te dijo dónde podías encontrarme?



ROMEO

El amor, que me indujo a preguntar.

Él me dio consejo; yo mis ojos le presté.

No soy piloto, pero, aunque tú estuvieras lejos,

en la orilla más distante de los mares más remotos,

zarparía tras un tesoro como tú.



JULIETA

La noche me oculta con su velo;

si no, el rubor teñiría mis mejillas

por lo que antes me has oído decir.

¡Cuánto me gustaría seguir las reglas,

negar lo dicho! Pero, ¡adiós al fingimiento!

¿Me quieres? Sé que dirás que sí

y te creeré. Si jurases, podrías

ser perjuro: dicen que Júpiter se ríe

de los perjurios de amantes. ¡Ah, gentil Romeo!

Si me quieres, dímelo de buena fe.

O, si crees que soy tan fácil,

me pondré áspera y rara, y diré « no »

con tal que me enamores, y no más que por ti.

Mas confía en mí: demostraré ser más fiel

que las que saben fingirse distantes.

Reconozco que habría sido más cauta

si tú, a escondidas, no hubieras oído

mi confesión de amor. Así que, perdóname

y no juzgues liviandad esta entrega

que la oscuridad de la noche ha descubierto.



ROMEO

Juro por esa luna santa

que platea las copas de estos árboles...



JULIETA

Ah, no jures por la luna, esa inconstante

que cada mes cambia en su esfera,

no sea que tu amor resulte tan variable.



ROMEO

¿Por quién voy a jurar?



JULIETA

No jures; o, si lo haces,

jura por tu ser adorable,

que es el dios de mi idolatría,

y te creeré.



ROMEO

Si el amor de mi pecho...



JULIETA

No jures. Aunque seas mi alegría,

no me alegra nuestro acuerdo de esta noche:

demasiado brusco, imprudente, repentino,

igual que el relámpago, que cesa

antes de poder nombrarlo. Amor, buenas noches.

Con el aliento del verano, este brote amoroso

puede dar bella flor cuando volvamos a vernos.

Adiós, buenas noches. Que el dulce descanso

se aloje en tu pecho igual que en mi ánimo.



ROMEO

¿Y me dejas tan insatisfecho?



JULIETA

¿Qué satisfacción esperas esta noche?



ROMEO

La de jurarnos nuestro amor.



JULIETA

El mío te lo di sin que lo pidieras;

ojalá se pudiese dar otra vez.



ROMEO

¿Te lo llevarías? ¿Para qué, mi amor?



JULIETA

Para ser generosa y dártelo otra vez.

Y, sin embargo, quiero lo que tengo.

Mi generosidad es inmensa como el mar,

mi amor, tan hondo; cuanto más te doy,

más tengo, pues los dos son infinitos.

[Llama el AMA dentro.]



Oigo voces dentro. Adiós, mi bien.

-¡Ya voy, ama!-Buen Montesco, sé fiel.

Espera un momento, vuelvo en seguida.

[Sale. ]



ROMEO

¡Ah, santa, santa noche! Temo

que, siendo de noche, todo sea un sueño,

harto halagador y sin realidad.



[Entra JULIETA arriba.]



JULIETA

Unas palabras, Romeo, y ya buenas noches.

Si tu ánimo amoroso es honrado

y tu fin, el matrimonio, hazme saber mañana

(yo te enviaré un mensajero)

dónde y cuándo será la ceremonia

y pondré a tus pies toda mi suerte

y te seguiré, mi señor, por todo el mundo.



AMA [dentro]

¡Julieta!



JULIETA

¡Ya voy!-Mas, si no es buena tu intención,

te lo suplico...



AMA [dentro]

¡Julieta!



JULIETA

¡Voy ahora mismo!-..abandona tu empeño

y déjame con mi pena. Mañana lo dirás.



ROMEO

¡Así se salve mi alma...!



JULIETA

¡Mil veces buenas noches!



Sale.



ROMEO

Mil veces peor, pues falta tu luz.

El amor corre al amor como el niño huye del libro

y, cual niño que va a clase, se retira entristecido.



Vuelve a entrar JULIETA [arriba].



JULIETA

¡Chss, Romeo, chss! ¡Ah, quién fuera cetrero

por llamar a este halcón peregrino!

Mas el cautivo habla bajo, no puede gritar;

si no, yo haría estallar la cueva de Eco

y dejaría su voz más ronca que la mía

repitiendo el nombre de Romeo.



ROMEO

Mi alma me llama por mi nombre.

¡Qué dulces suenan las voces de amantes en la noche,

igual que la música suave al oído!



JULIETA

¡Romeo!



ROMEO

¿Mi neblí?



JULIETA

Mañana, ¿a qué hora te mando el mensajero?



ROMEO

A las nueve.



JULIETA

Allá estará. ¡Aún faltan veinte años!

No me acuerdo por qué te llamé.



ROMEO

Deja que me quede hasta que te acuerdes.



JULIETA

Lo olvidaré para tenerte ahí delante,

recordando tu amada compañía.



ROMEO

Y yo me quedaré para que siempre lo olvides,

olvidándome de cualquier otro hogar.



JULIETA

Es casi de día. Dejaría que te fueses,

pero no más allá que el pajarillo

que, cual preso sujeto con cadenas,

la niña mimada deja saltar de su mano

para recobrarlo con hilo de seda,

amante celosa de su libertad.



ROMEO

¡Ojalá fuera yo el pajarillo!



JULIETA

Ojalá lo fueras, mi amor,

pero te mataría de cariño.

¡Ah, buenas noches! Partir es tan dulce pena

que diré « buenas noches » hasta que amanezca.



[Sale.]



ROMEO

¡Quede el sueño en tus ojos, la paz en tu ánimo!

¡Quién fuera sueño y paz, para tal descanso!

A mi buen confesor en su celda he de verle

por pedirle su ayuda y contarle mi suerte.



[Sale.]



II - Entra FRAY LORENZO solo, con una cesta.



FRAY LORENZO

Sonríe a la noche la clara mañana

rayando las nubes con luces rosáceas.

Las sombras se alejan como el que va ebrio,

cediendo al día y al carro de Helio

Antes que el sol abra su ojo de llamas,

que alegra el día y ablanda la escarcha,

tengo que llenar esta cesta de mimbre

de hierbas dañosas y flores que auxilien.

La tierra es madre y tumba de natura,

pues siempre da vida en donde sepulta:

nacen de su vientre muy diversos hijos

que toman sustento del seno nutricio.

Por muchas virtudes muchos sobresalen;

ninguno sin una y todos dispares.

Grande es el poder curativo que guardan

las hierbas y piedras y todas las plantas.

Pues no hay nada tan vil en la tierra

que algún beneficio nunca le devuelva,

ni nada tan bueno que, al verse forzado,

no vicie su ser y se aplique al daño.

La virtud es vicio cuando sufre abuso

y a veces el vicio puede dar buen fruto.



Entra ROMEO.

Bajo la envoltura de esta tierna flor

convive el veneno con la curación,

porque, si la olemos, al cuerpo da alivio,

mas, si la probamos, suspende el sentido.

En el hombre acampan, igual que en las hierbas,

virtud y pasión, dos reyes en guerra;

y, siempre que el malo sea el que aventaja,

muy pronto el gusano devora esa planta.



ROMEO

Buenos días, padre.



FRAY LORENZO

¡Benedicite!

¿Qué voz tan suave saluda tan pronto?

Hijo, despedirse del lecho a estas horas

dice que a tu mente algo la trastorna.

La preocupación desvela a los viejos

y donde se aloja, no reside el sueño;

mas donde la mocedad franca y exenta

extiende sus miembros, el sueño gobierna.

Si hoy madrugas, me inclino a pensar

que te ha levantado alguna ansiedad.

O, si no, y entonces seguro que acierto,

esta noche no se ha acostado Romeo.



ROMEO

Habéis acertado, pero fue una dicha.



FRAY LORENZO

¡Dios borre el pecado! ¿Viste a Rosalina?



ROMEO

¿Cómo Rosalina? No, buen padre, no.

Ya olvidé ese nombre y el pesar que dio.



FRAY LORENZO

Bien hecho, hijo mío. Mas, ¿dónde has estado?



ROMEO

Dejad que os lo diga sin gastar preámbulos.

He ido a la fiesta del que es mi enemigo,

donde alguien de pronto me ha dejado herido,

y yo he herido a alguien. Nuestra curación

está en vuestra mano y santa labor.

No me mueve el odio, padre, pues mi ruego

para mi enemigo también es benéfico.



FRAY LORENZO

Habla claro, hijo: confesión de enigmas

solamente trae absolución ambigua.



ROMEO

Pues oíd: la amada que llena mi pecho

es la bella hija del gran Capuleto.

Le he dado mi alma, y ella a mí la suya;

ya estamos unidos, salvo lo que una

vuestro sacramento. Dónde, cómo y cuándo

la vi, cortejé, y juramos amarnos,

os lo diré de camino; lo que os pido

es que accedáis a casarnos hoy mismo.



FRAY LORENZO

¡Por San Francisco bendito, cómo cambias!

¿Así a Rosalina, amor de tu alma,

ya has abandonado? El joven amor

sólo está en los ojos, no en el corazón.

¡Jesús y María! Por tu Rosalina

bañó un océano tus mustias mejillas.

¡Cuánta agua salada has tirado en vano,

sazonando amor, para no gustarlo!

Aún no ha deshecho el sol tus suspiros,

y aún tus lamentos suenan en mi oído.

Aquí, en la mejilla, te queda la mancha

de una antigua lágrima aún no enjugada.

Si eras tú mismo, y tanto sufrías,

tú y tus penas fueron para Rosalina.

¿Y ahora has cambiado? Pues di la sentencia:

«Que engañe mujer si el hombre flaquea.»



ROMEO

Me reñíais por amar a Rosalina.



FRAY LORENZO

Mas no por tu amor: por tu idolatría.



ROMEO

Queríais que enterrase el amor.



FRAY LORENZO

No quieras meterlo en la tumba y tener otro fuera.



ROMEO

No me censuréis. La que amo ahora

con amor me paga y su favor me otorga.

La otra lo negaba.



FRAY LORENZO

Te oía muy bien

declamar amores sin saber leer

Mas ven, veleidoso, ven ahora conmigo;

para darte ayuda hay un buen motivo:

en vuestras familias servirá la unión

para que ese odio se cambie en amor.



ROMEO

Hay que darse prisa. Vámonos ya, venga.



FRAY LORENZO

Prudente y despacio. Quien corre, tropieza.



Salen.



III - Entran BENVOLIO y MERCUCIO.



MERCUCIO

¿Dónde demonios puede estar Romeo?

Anoche, ¿no volvió a casa?



BENVOLIO

No a la de su padre, según un criado.



MERCUCIO

Esa moza pálida y cruel, esa Rosalina,

le va a volver loco de tanto tormento.



BENVOLIO

Tebaldo, sobrino del viejo Capuleto,

ha enviado una carta a casa de su padre.



MERCUCIO

¡Un reto, seguro!



BENVOLIO

Romeo responderá.



MERCUCIO

Quien sabe escribir puede responder una carta.



BENVOLIO

No, responderá al que la escribe: el retado retará.



MERCUCIO

¡Ah, pobre Romeo! Él, que ya está muerto, traspasado por los ojos negros de una moza blanca, el oído atravesado por canción de amor, el centro del corazón partido por la flecha del niño ciego. ¿Y él va a enfrentarse a Tebaldo?



BENVOLIO

Pues, ¿qué tiene Tebaldo?



MERCUCIO

Es el rey de los gatos , pero más. Es todo un artista del ceremonial: combate como quien canta las notas, respetando tiempo, distancia y medida; observando las pausas, una, dos y la tercera en el pecho; perforándote el botón de la camisa; un duelista, un duelista. Caballero de óptima escuela, de la causa primera y segunda Ah, la fatal «passata» , el «punto reverso», el «hai» !



BENVOLIO

¿El qué?



MERCUCIO

¡Mala peste a estos afectados, a estos relamidos y a su nuevo acento! «¡Jesús, qué buena espada! ¡Qué hombre más apuesto! ¡Qué buena puta!» ¿No es triste, abuelo, tener que sufrir a estas moscas foráneas, estos novedosos, estos «excusadme» , tan metidos en su nuevo ropaje que ya no se acuerdan de los viejos hábitos? ¡Ah, su cuerpo, su cuerpo!



Entra ROMEO.



BENVOLIO

Aquí está Romeo, aquí está Romeo.



MERCUCIO

Sin su Romea y como un arenque ahumado. ¡Ah, carne, carne, te has vuelto pescado! Ahora está para los versos en los que fluía Petrarca. Al lado de su amada, Laura fue una fregona (y eso que su amado sí sabía celebrarla); Dido, un guiñapo; Cleopatra, una gitana; Helena y Hero, pencos y pendones; Tisbe, con sus ojos claros, no tenía nada que hacer. Signor Romeo, bon jour: saludo francés a tu calzón francés. Anoche nos lo diste bien.



ROMEO

Buenos días a los dos. ¿Qué os di yo anoche?



MERCUCIO

El esquinazo. ¿Es que no entiendes?



ROMEO

Perdona, buen Mercucio. Mi asunto era importante, y en un caso así se puede plegar la cortesía.



MERCUCIO

Eso es como decir que en un caso como el tuyo se deben doblar las corvas.



ROMEO

¿Hacer una reverencia?



MERCUCIO

La has clavado en el blanco.



ROMEO

¡Qué exposición tan cortés!



MERCUCIO

Es que soy el culmen.



ROMEO

¿De la cortesía?



MERCUCIO

Exacto.



ROMEO

No, eres el colmo, y sin la cortesía.



MERCUCIO

¡Qué ingenio! Sígueme la broma hasta gastar el zapato, que, cuando suelen gastarse las suelas, te quedas desolado por el pie.



ROMEO

¡Ah, broma descalza, que ya no con...suela!



MERCUCIO

Sepáranos, Benvolio: me flaquea el sentido.



ROMEO

Mete espuelas, mete espuelas o te gano.



MERCUCIO

Si hacemos carrera de gansos, pierdo yo, que tú eres más ganso con un solo sentido que yo con mis cinco. ¿Estamos empatados en lo de «ganso»?



ROMEO

Empatados, no. En lo de «ganso» estamos engansados.



MERCUCIO

Te voy a morder la oreja por esa.



ROMEO

Ganso que grazna no muerde.



MERCUCIO

Tu ingenio es una manzana amarga, una salsa picante.



ROMEO

¿Y no da sabor a un buen ganso?



MERCUCIO

¡Vaya ingenio de cabritilla, que de una pulgada se estira a una vara!



ROMEO

Yo lo estiro para demostrar que a lo ancho y a lo largo eres un inmenso ganso.



MERCUCIO

¿A que más vale esto que gemir de amor? Ahora eres sociable, ahora eres Romeo, ahora eres quien eres, por arte y por naturaleza, pues ese amor babeante es como un tonto que va de un lado a otro con la lengua fuera para meter su bastón en un hoyo.



BENVOLIO

¡Para, para!



MERCUCIO

Tú quieres que pare mi asunto a contrapelo.



BENVOLIO

Si no, tu asunto se habría alargado.



MERCUCIO

Te equivocas: se habría acortado, porque ya había llegado al fondo del asunto y no pensaba seguir con la cuestión.



ROMEO

¡Vaya aparato!

Entran el AMA y su criado [PEDRO].

¡Velero a la vista!



MERCUCIO

Dos, dos: camisa y camisón.



AMA

¡Pedro!



PEDRO

Voy.



AMA

Mi abanico, Pedro.



MERCUCIO

Para taparle la cara, Pedro: el abanico es más bonito.



AMA

Buenos días, señores.



MERCUCIO

Buenas tardes, hermosa señora.



AMA

¿Buenas tardes ya?



MERCUCIO

Sí, de veras, pues el obsceno reloj está clavado en la raya de las doce.



AMA

¡Fuera! ¿Qué hombre sois?



ROMEO

Señora, uno creado por Dios para que se vicie solo.



AMA

Muy bien dicho, vaya que sí. «Para que se vicie solo», bien.-Señores, ¿puede decirme alguno dónde encontrar al joven Romeo?



ROMEO

Yo puedo, pero, cuando le halléis, el joven Romeo será menos joven de lo que era cuando le buscabais: yo soy el más joven con ese nombre a falta de otro peor.



AMA

Muy bien.



MERCUCIO

¡Ah! ¿Está bien ser el peor? ¡Qué agudeza! Muy lista, muy lista.



AMA

Si sois vos, señor, deseo hablaros conferencialmente.



BENVOLIO

Le intimará a cenar.



MERCUCIO

¡Alcahueta, alcahueta! ¡Eh-oh!



ROMEO

¿Has visto una liebre?



MERCUCIO

Una liebre, no: tal vez un conejo viejo y pellejo para un pastel de Cuaresma.



Anda alrededor de ellos cantando.



Conejo viejo y pellejo,

conejo pellejo y viejo

es buena carne en Cuaresma.

Pero conejo pasado

ya no puede ser gozado

si se acartona y reseca.



Romeo, ¿vienes a casa de tu padre? Comemos allí.



ROMEO

Ahora os sigo.



MERCUCIO

Adiós, vieja señora. Adiós, señora, señora, señora.



Salen MERCUCIO y BENVOLIO.



AMA

Decidme, señor. ¿Quién es ese grosero tan lleno de golferías?



ROMEO

Un caballero, ama, al que le encanta escucharse y que habla más en un minuto de lo que oye en un mes.



AMA

Como diga algo contra mí, le doy en la cresta, por muy robusto que sea, él o veinte como él. Y, si yo no puedo, ya encontraré quien lo haga. ¡Miserable! Yo no soy una de sus ninfas, una de sus golfas.



Se vuelve a su criado PEDRO.



¡Y tú delante, permitiendo que un granuja me trate a su gusto!



PEDRO

Yo no vi que nadie os tratara a su gusto. Si no, habría sacado el arma al instante. De verdad: soy tan rápido en sacar como el primero si veo una buena razón para luchar y tengo la ley de mi parte.



AMA

Dios santo, estoy tan disgustada que me tiembla todo el cuerpo. ¡Miserable! -Deseo hablaros, señor. Como os decía, mi señorita me manda buscaros. El mensaje me lo guardo. Primero, permitid que os diga que si, como suele decirse, pensáis tenderle un lazo, sería juego sucio. Pues ella es muy joven y, si la engañáis, sería una mala pasada con cualquier mujer, una acción muy turbia.



ROMEO

Ama, encomiéndame a tu dama y señora. Declaro solemnemente...



AMA

¡Dios os bendiga! Voy a decírselo. Señor, Señor, ¡no cabrá de gozo!



ROMEO

¿Qué vas a decirle, ama? No has entendido.



AMA

Le diré, señor, que os declaráis, y que eso es proposición de caballero.



ROMEO

Dile que vea la manera de acudir esta tarde a confesarse, y allí, en la celda de Fray Lorenzo, se confesará y casará. Toma, por la molestia.



AMA

No, de veras, señor. Ni un centavo.



ROMEO

Vamos, toma.



AMA

¿Esta tarde, señor? Pues allí estará.



ROMEO

Ama, espera tras la tapia del convento.

A esa hora estará contigo mi criado

y te dará la escalera de cuerda

que en la noche secreta ha de llevarme

a la cumbre suprema de mi dicha.

Adiós, guarda silencio y serás recompensada.

Adiós, encomiéndame a tu dama.



AMA

¡Que el Dios del cielo os bendiga! Esperad, señor.



ROMEO

¿Qué quieres, mi buena ama?



AMA

¿Vuestro criado es discreto? Lo habréis oído:

« Dos guardan secreto si uno lo ignora.»



ROMEO

Descuida: mi criado es más fiel que el acero.



AMA

Pues mi señorita es la dama más dulce... ¡Señor, Señor! ¡Tan parlanchina de niña! Ah, hay un noble en la ciudad, un tal Paris, que le tiene echado el ojo, pero ella, Dios la bendiga, antes que verle a él prefiere ver un sapo, un sapo de verdad. Yo a veces la irrito diciéndole que Paris es el más apuesto, pero, de veras, cuando se lo digo, se pone más blanca que una sábana. ¿A que « romero » y « Romeo» empiezan con la misma letra?



ROMEO

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